UNA LECCIÓN INESPERADA

UNA LECCIÓN INESPERADA
El jueves pasado los aspirantes a jueces de familia recibieron un inopinado y útil entrenamiento para su futura tarea.
Habían sido citados por el Consejo de la Magistratura que es el conjunto de personas que legalmente los eligiera, luego de tomarles algunas pruebas y de entrevistarlos. Entre los temas que fueran materia del examen no se encontraba un conocimiento fundamental para ser juez de familia que pudieron aprender ese día.
Involuntariamente esos consejeros se encargaron de instruirlos en lo que sería la última materia de estudio como postulantes y la primera fase del entrenamiento como jueces.
Todos habían sido convocados para comunicarles lo que ya sabían: que esos personajes consideraban que eran buenos candidatos para ocupar juzgados de familia y que, por lo tanto, formarían parte del conjunto de los que se propondrían al presidente de la Nación para que escogiera a uno de cada tres y luego de consultar con los senadores fuera ungido y comenzara a trabajar.
Las mujeres candidatas estaban, como se suele decir “producidas”: peinadas de peluquería, con ropas, zapatos formales y nuevos. Lindas las manos, ocultas las arruguitas de la piel. Los varones con sus trajes limpios y planchados, bien peinados los que conservan pelo. Perfumes y emoción envolvían a todos.
El episodio lo conocen todos, por lo que me ahorro el relatarlo. Lo cierto es que en pocos minutos esos hombres y mujeres llamados consejeros decidieron cambiar el “orden del día”. Trajeron un tema ubicado al fondo de la lista para ponerlo primero y dejaron a todos los postulantes a juez de familia sin su acto, sin su ceremonia y preguntándose para qué habían ido. Las mujeres se preguntaban también si el peinado duraría hasta la próxima vez en que esos señores decidieran llamarlos (si esto sucedió una vez ¿habrá una proxima vez?). Creo que es altamente improbable que no haya una próxima vez y que, por el contrario, es muy posible que un tercio de los allí presentes termine siendo juez de familia.
Por eso es que me parece que han tenido una oportunidad, que debieran valorar, de conocer un poco de qué se trata ese trabajo que han elegido.
La primera bolilla trata sobre la jerarquía del juez de familia. ¿Creían que era más o menos como la de todos los demás jueces? Pues no. Han aprendido de modo práctico que hay jueces que son mas jueces y jueces que son menos jueces. Los de familia están al final de esa categoría no escrita.
Esta realidad podría ser desalentadora, y de hecho lo será para aquél de los ternados que busque lucimiento, notoriedad o poder político. Pero en cambio es sumamente estimulante para el que imagine su función como parte de la “petite histoire”, del que disfrute de ser parte de la solución de problemas familiares que no trascienden, de episodios que despiertan bostezos al ser escuchados, de pequeños dramas de enormes dimensiones para sus protagonistas e ignorados para el público.
              La segunda bolilla trata sobre lo que no está escrito. El juez de familia es el único de los jueces -aunque en la escala de jerarquías lo ubiquen allá al fondo- que todos los días decide sin poder leer en ninguna ley, apelando solamente a su criterio, a su sentido de las proporciones, al reconocimiento de los afectos e inclinaciones, una conducta que alguna persona encarnará inmediatamente. Siempre operan sobre el futuro, empecinados de esperanza y optimismo. Y en lo que hicieron los consejeros con esos candidatos se puede apreciar en forma empírica esta lección: lo que les sucedió no estaba escrito pero igualmente aconteció. La realidad entró por la ventana. Aprendan entonces que el juez de familia nunca sabe qué sucederá en el minuto siguiente, y que muy probablemente lo que suceda no será fruto de ninguna ley ni tratado.

No creo haber agotado las enseñanzas que deja el episodio. Si a alguno se le ocurre otra se podría agregar. Por eso comparto estos pensamientos e invito a todos a que incorporen sus reflexiones.
Buenos Aires, domingo 20 de agosto de 2017.

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