NOSTALGIA DE LOS BORRACHOS EN LAS COMISARÍAS
Creo que todo empezó por ahí. Hace algunos años la policía sentía la obligación de hacer algo por los borrachos que estaban por la noche en las calles. Personas con fuerte dependencia al alcohol, con sus facultades mentales disminuídas o alteradas y que no atinaban a otra actitud que quedar tirados durmiendo su sopor. Con frío, incómodos en el duro suelo.
Con la comprobación práctica de que luego de dormir la mona esos hombres y mujeres mejorarían y podrían “circular” nuevamente, los llevaban a las comisarías para que durmieran allí. Por supuesto en una celda que es el único alojamiento del que disponen esas oficinas públicas abiertas las veinticuatro horas.
Para no incurrir en irregularidades administrativas -y especialmente porque ya corría el rumor entre los abogados de que la policía no estaba para eso- redactaban una “contravención” con un hecho que pudiera justificar la demora del personaje. Por supuesto con pleno reconocimiento espontáneo del afectado.
Pasada la noche el supuesto infractor se retiraba para volver a la calle, al alcohol, a la soledad pero más despejado, con luz solar, quizás hasta bañado. Muchos permanecìan por su voluntad en la comisarìa realizando tareas que los hacìan sentirse útiles. Barrer, hacer pequeñas diligencias, traer la pizza gratuita que tienen prevista en sus costos los comerciantes, que por supuesto se compartía allì sin distinción de agentes y detenidos.
Desde luego que pudo suceder como excepciòn algùn exceso, algún maltrato, alguna burla. No es un ambiente académico el de las comisarías ni el de los detenidos.
En algún momento estas costumbres cayeron bajo la atención de juristas, periodistas, analistas sociales. Que horror. Unos dijeron que era la criminalización de la pobreza, otros que se estigmatizaban las consecuencias de las decisiones personales de ingerir alcohol, o que el sistema jurídico se veía gravemente afectado.
Escandalizados, todos estos opinantes lograron que nunca, jamás, para siempre, se llevara un borracho a dormir a la comisaría.
Que logro tan definitivo.
Pero ¿desaparecieron los borrachos? ¿dónde duermen si es que alguno queda? ¿se abrieron rápidamente dormitorios pùblicos para ebrios? ¿Se calefaccionaron las calles para evitarles el frío y respetarles su voluntad?
Parece que este aspecto de la cuestión, seguramente menor, insignificante, no fué tenido en cuenta.
Los borrachos, con su cerebro obnubilado o destruído, siguen durmiendo en las calles. No tienen techo ni abrigo.
Conseguido este primer objetivo, los bienpensantes pusieron su ojo certero en los enfermos mentales.
En esta delicada materia la policía creía que su deber era el de pacificar las cosas y con un criterio más práctico que psiquiátrico habían descubierto que con unas horas de estancia en la comisaría muchos alterados volvían a una conducta más aceptable. En casos extremos usaban chalecos especiales para evitar las agresiones y movimientos involuntarios, los que con el avance de la ciencia se dejaron de lado cuando los médicos policiales pudieron disponer de fármacos que lograban efectos igual de calmantes.
Estos dementes o locos (como se los llamaba en aquél remoto entonces) generalmente eran también borrachos, o drogadictos, o muy pobres, o linyeras o un poco de cada cosa.
Si el vistazo del policía y el del médico legista era que se trataba de un caso de esos, crónico, permanente, con el conocimiento telefónico y venia del juez civil lo trasladaban al Hospital Borda si era varón y al Hospital Moyano a las mujeres.
Estos hospitales cumplían la función de tratar a los enfermos mentales, alojarlos y servirles a muchos de residencia permanente si carecían de vivienda o eran muy pobres. Siempre fueron de puertas abiertas, lo que implicaba que el grueso de sus residentes estaban allí por costumbre, por su voluntad o porque no tenían dónde ir.
Otro horror.
¡Qué es eso de locos en comisarías, de enfermos mentales en manicomios, de personas sanas viviendo en un loquero como si fuera un hotel! El clamor de los abogados no se pudo acallar.
Afuera con todos.
Los enfermos mentales no pueden ser contrariados, ni aún cuando no sepan bien lo que están haciendo, porque debe respetarse su voluntad. No pueden ser trasladados a comisarías, no pueden ser tratados en hospitales psiquiátricos. Y debe sacarse rápidamente de estos hospitales a todos los que están curados, tengan o no donde ir.
Segundo logro. Actualmente cuando un enfermo mental se brota, con el intenso sufrimiento de la agitación, de las alucinaciones, de escuchar voces o ver monstruos, de sentirse agredidos o amenazados nadie hace nada. Ni la policía ni muchas veces los hospitales generales. El mismo padeciente, sus familiares, los vecinos del edificio reciben como respuesta resignada que es “por la ley de salud mental”. Una ley que protege a los enfermos mentales... de ser asistidos, cuidados, tratados.
Esa absurda ley define a la enfermedad mental con un mix de prejuicios ajenos a la medicina y procura que se entienda de una vez por todas que cuando un señor ve alucinaciones amenazantes, oye voces imperativas, se droga hasta la inconciencia o se deprime hasta el borde del suicidio en realidad es parte de un contexto sociocultural, que debe respetarse por sobre todas las cosas su derecho a destruirse, a seguir enfermo, a suicidarse. No vaya a ser que alguien deje de consultarle sobre cuál es su voluntad en estas situaciones.
Pero este grupo de esclarecidos analistas de la sociedad no pecan de quietismo. Pronto centraron su atención en los niños que son dados en adopción. Enseguida se dieron cuenta que la mayoría son hijos de madres pobres, enfermas mentales, drogadictas.
Tremenda injusticia privar a esas madres de su derecho a ejercer la maternidad por cuestiones económicas, de adicciones, de debilidad cerebral.
Alguno de pensamiento antiguo podría haber razonado: es verdad. Que el Estado o alguien haga algo para que esas madres pobres tengan recursos económicos, las adictas se traten y curen, las dementes se sanen. Y así, una vez resueltos o mejorados los factores que dificultaban o impedían ocuparse de ser madres será natural que puedan atender y criar a sus hijitos.
No es este el modo de razonar del equipo de esclarecidos del siglo XXI. Por ley se ordenó que no puede darse en adopción a un niño no cuidado ni atendido por su madre porque ésta sea pobre. Si el caso es de extremo descuido el niño irá a un hogar público, en el que permanecerá de forma indefinida si recibe de vez en cuando la visita de su madre. Y si hay amor de madre, el pequeño seguirá viviendo con ella aunque la residencia habitual sea una ranchada en la calle. La madre tendrá así derecho a sentirse madre, podrá trasmitir al chiquito todas las aptitudes necesarias y habilidades para sobrevivir sin techo, especializándose en aleros, bajos de puentes, portales y al utilísimo ejercicio de convivir con el frío, el calor, las plagas y las enfermedades contagiosas.
En el caso de las insanas o adictas, quienes definirán la situación serán ellas. Si su “voluntad” es seguir siendo madres el chiquito quedará a su cargo porque es muy sano y estimulante para tales personas que no se las estigmatice ni hostigue haciéndoles ver que la realidad es que no pueden criar un hijo. Si se diera el caso de que la señora aceptara un tratamiento en un psiquiátrico o centro de drogadictos, deberíamos contemplar, como parte del tratamiento, que el hijo esté con ella.
Este es un logro casi conseguido. Ahora los chicos descuidados siguen en las calles, junto con los borrachos, los locos y los drogadictos.
Es una feria universal del reconocimiento de la libertad, a la voluntad personal.
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